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Navegando el Paraná con un baqueano

Navegando el Paraná con un baqueano

Un Viaje Exclusivo hacia el Corazón del Río

El río Paraná es uno de esos lugares que parecen familiares hasta que uno decide recorrerlo desde el agua, sin apuro y en silencio. Navegarlo en una barcaza tradicional no es solo desplazarse: es entrar en un territorio donde la naturaleza y la memoria conviven, donde el paisaje guarda huellas visibles e invisibles del pasado. Guiado por quienes conocen el río desde siempre, este viaje revela una dimensión profunda del Paraná, hecha de historias, selva, agua y tiempo.

A veces uno cree conocer un río por haberlo visto desde la costa, pero basta subirse a una auténtica barcaza para descubrir que el Paraná tiene otro ritmo, otra voz y hasta otro carácter. La primera vez que lo recorrí así, sentado en la proa con el viento tibio golpeándome la cara, sentí que estaba entrando en un mundo paralelo, silencioso y profundo. Y ese mundo tenía un guía: Omar, un baqueano de los de antes, pescador de profesion y conocedor absoluto del río desde mucho antes de la “Gran Inundación” provocada por la represa de Yacyretá, unos cuarenta kilómetros aguas abajo.

Navegar el Paraná a esta altura no es tan sencillo como yo lo imaginaba. Aquí, el rio es una vasta extensión de agua, de más de quince kilómetros de ancho. La represa transformó este tramo del rio en un gran mar interior, sumergiendo grandes porciones del bosque ribereño. Bajo la superficie yacen troncos, raíces y rastros de un paisaje antiguo, invisibles, pero siempre presentes. 

Navegar por estas aguas requiere paciencia y un profundo conocimiento, pero Omar conoce este río y esta costa desde hace más de cincuenta años, desde antes de la gran inundación. Lee el agua como si fuera una extensión de su propia memoria. Los senderos que antes estaban abiertos en la selva son hoy corredores invisibles por donde se mueven los pescadores cada noche, él los recuerda todos y ya se los transmitió a sus hijos. Apenas la barcaza comenzó a deslizarse, tomó el timón con la naturalidad de quien lo ha hecho desde niño. Cada tanto señalaba un recodo, una barranca o una arboleda y decía: “ahí antes había un camino”, o “por acá quedaba una casa”, como si aún pudiera verlas bajo la superficie marrón del río. Para él, el Paraná no es solo un curso de agua: es un viejo amigo que cambió de forma, pero no de esencia.

Desde la cubierta, el paisaje se abría como un libro que solo puede leerse desde el agua. Costas verdes imposibles de ver desde tierra, pequeñas playas que aparecen y desaparecen según el nivel, islotes silenciosos y una selva ribereña que parecía respirar a su propio ritmo. En un tramo especialmente cerrado de la costa, entre lianas y árboles gigantes, apareció una sorpresa inesperada: la boca de un túnel abandonado que alguna vez conectó la ribera con la misión. Aunque ya no es posible recorrerlo, asomarse a su oscuridad despierta inevitablemente la imaginación.

Las historias de Omar surgian con naturalidad, sin énfasis, sus palabras no eran datos sueltos, sino fragmentos de una vida entera vivida en diálogo con el Paraná. En un momento mencionó la sorprendente profundidad del agua bajo nuestros pies; en otro, recordó un incendio que una vez arrasó la reserva natural cercana. Sus palabras no transmitían nostalgia, solo continuidad.

Navegamos contra el empuje del río, hacia el oeste, el Paraná se abría en silencio, ancho y poderoso. La costa argentina apenas se insinuaba en el horizonte, quien sabe, aquí la orilla opuesta está a más de 30 km. El viento comenzó a soplar desde el sur, el río se volvió más inquieto y las olas comenzaban a salpicarnos. Omar se anticipaba a cada movimiento, leyendo las ondas de la corriente antes de que se hicieran evidentes. Nos tomó más tiempo avanzar, pero cada instante valió la pena.

En el camino pasamos bahías escondidas, arroyos tímidos y tramos de selva cerrada. En uno de ellos, una familia de monos carayá descansaba en lo alto de la copa de los árboles, inmóviles, observando nuestro paso como desde un pequeño reino oculto. Bastaron esos minutos para recordarme lo vivo, vibrante y a la vez frágil que es este río.

Finalmente llegamos a una de las joyas escondidas de la región: la antigua cantera jesuítica, donde hace más de cuatro siglos los guaraníes y los misioneros extraían la piedra con la que luego se construiría la Misión de San Cosme y Damián. El paredón rojizo, hoy cubierto de musgo, humedad y selva, conserva una fuerza casi espiritual. Imaginar el esfuerzo de quienes transportaron esas piedras a pulso, en un entorno tan agreste, produce una mezcla de asombro y profundo respeto.

Navegar el Paraná con un pescador local no se trata de llegar a un punto en un mapa, ni es un simple paseo náutico, es una lección íntima sobre el río, su gente y su memoria. Es escuchar historias transmitidas de generación en generación, moldeadas por el agua y el tiempo, es reconocer que aquí la cultura y la naturaleza son inseparables y comprender que hay lugares que solo revelan su verdadera esencia a quienes se animan a descubrirlos despacio, con respeto y curiosidad.

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