×

Nuestro encuentro con San Cosme y Damián

Nuestro encuentro con San Cosme y Damián

A veces los viajes esconden destinos que no solo se recorren, sino que se quedan con uno. San Cosme y Damián fue así: un pequeño pueblo con alma grande, donde la historia se respira en cada piedra y la hospitalidad se siente como un abrazo. Llegamos buscando conocer su pasado jesuítico, y terminamos encontrando nuestro lugar en el mundo.

Cuando llegamos por primera vez a San Cosme y Damián, solo conocíamos algunos datos históricos: fundado en 1632, uno de los emblemáticos 30 pueblos jesuítico-guaraníes y la única Misión que ha permanecido activa de forma ininterrumpida desde su creación. Tal vez nos atraía la posibilidad de conocer un nuevo destino, tal vez la historia de su observatorio astronómico colonial, construido por el padre Buenaventura Suárez con los guaraníes que dejo una huella importante en la astronomía de la época. 

Pero lo que encontramos al llegar superó todas nuestras expectativas. San Cosme y Damián no es solo un testimonio del pasado: es un pueblo vivo, donde la vida cotidiana y la herencia jesuítico-guaraní se entrelazan en armonía. Enseguida nos envolvió su atmósfera pausada, casas de grandes patios, frondosos y centenarios árboles de mango, ir y venir de animales por sus calles adoquinadas, como si fueran los dueños del lugar, el rojo intenso de la tierra contrastando con el verde profundo de la vegetación y la agreste ribera del Paraná. Fue como entrar en un tiempo suspendido, sereno y auténtico.

La misión jesuítica no es un museo sino el corazón de la comunidad, sobria y majestuosa, sigue siendo el centro espiritual y social del pueblo. Su iglesia, con imágenes talladas en madera por los guaraníes, continúa acogiendo ceremonias religiosas y comunitarias, mientras el complejo histórico se mantiene vivo gracias al uso que siempre le dieron sus habitantes, quienes lo convirtieron en escuela, juzgado y dependencias municipales. Así, la misión es al mismo tiempo patrimonio y presente.

En subsiguientes visitas, este pequeño pueblo nos abrazó con su ritmo pausado, su encanto pintoresco y la calidez de su gente, la interacción con los lugareños resultó ser la experiencia más enriquecedora. Aquí, la vida rinde homenaje a la simplicidad. En cada conversación, compartiendo historias y anécdotas o simplemente hablando del tiempo, sentimos la calidez y hospitalidad que caracteriza al pueblo que, si bien no es una excepción a la hospitalidad de Paraguay, aquí se potencia, alcanza otra dimensión e impregna todos los ámbitos de la vida. La gente comparte el asado, el pescado, el tereré y la cerveza… con la familia, con los amigos, con los amigos de los amigos y con nosotros, que acabábamos de llegar.

Si bien existe una gran afinidad mutua entre paraguayos y argentinos, aquí nos consideraron desde el principio como miembros de la comunidad y, aunque no hablamos guaraní, no nos sentimos como extraños ni extranjeros. Nos recibieron como propios desde el primer día. San Cosme y Damián ya no es solo un lugar que visitamos: es el lugar donde vivimos.

Pocas personas conocen este lugar único, donde la saga de jesuitas y guaraníes sigue viva. Quien lo visite, aunque sea un día, se llevará una experiencia auténtica e imborrable.

Cristian van Gent - January 2024